La mayoría de nosotros pasa gran parte de sus horas de vigilia trabajando. Parte de ese trabajo es remunerado (empleos de 9 a 5, combinaciones de trabajos de medio tiempo); para otros, es trabajo no remunerado (voluntariado, tareas del hogar). El trabajo es un bien creado: forma parte de lo que significa llevar la imagen de Dios. El trabajo da sentido a nuestros días, moldea nuestras vidas y nos sitúa dentro de un ambiente de relaciones con otras personas. Nuestra labor cotidiana es uno de los principales espacios donde practicamos nuestra fe.

El trabajo en sí importa, y la manera en que lo habitamos importa tanto como el trabajo mismo.

Cuando comienza un nuevo año, muchas personas piensan en nuevos comienzos, metas y propósitos. El inicio de 2026 también ofrece un espacio para tomar decisiones sobre el ritmo, la atención, la oración y los límites; decisiones que, con el tiempo, influyen profundamente en cómo experimentamos nuestro trabajo. Estas decisiones nos ayudan a reconocer la presencia de Dios en los días ordinarios.

El trabajo sostenible y fecundo crece a partir de patrones que nos mantienen arraigados en el cuidado de Dios. Cuando los ritmos de nuestro trabajo se apoyan en la presencia y la confianza, podemos permanecer fieles e íntegros a largo plazo. A continuación, algunas prácticas que vale la pena considerar para 2026.

Ampliar la perspectiva, afinar el enfoque
Trabajar por nuestro trabajo, no solo en nuestro trabajo

Gran parte de nuestro trabajo está impulsado por plazos y expectativas. Llegan correos electrónicos, los proyectos se multiplican, hacemos malabares entre lo urgente y lo importante, y las necesidades nos presionan. En ese entorno, resulta fácil concentrarnos únicamente en lo que deber ser completado, sin detenernos a reflexionar sobre lo que nuestro trabajo está formando en nosotros.

Ampliar la perspectiva crea espacio para ver con mayor claridad.

Una vez, un mentor me animó a programar cada semana un bloque constante de “tiempo de balcón”: un tiempo para tomar distancia y reflexionar sobre mi trabajo en su totalidad. Durante esos momentos podía reflexionar sobre cómo las distintas responsabilidades estaban moldeando a las personas, a las relaciones y a mi propia vida espiritual.

En ese tipo de espacio, surgen preguntas importantes:

  • ¿Mi trabajo me ayuda a permanecer atento a la presencia de Dios?
  • ¿Qué tipo de persona me está formando este ritmo?
  • ¿Dónde está apareciendo la tensión y qué podría estar revelando?
  • ¿Quiénes a mi alrededor pueden necesitar mayor cuidado o apoyo?
  • ¿Cómo se ve la fidelidad en esta etapa de mi vida?

Estas preguntas se aplican a muchas formas de trabajo. Madres y padres, docentes, cuidadores, líderes, voluntarios, estudiantes y personas jubiladas viven dentro de sistemas que moldean su atención y su energía. Reservar tiempo para reflexionar sobre nuestro trabajo nos permite comprometernos con él con mayor sabiduría e intención.

Una práctica sencilla para el nuevo año es reservar un momento para plantearse una sola pregunta, como: “¿Qué está produciendo mi trabajo en mí últimamente?” Este tipo de reflexión abre espacio para la comprensión y la oración.

Oración y reflexión
Trabajar con Dios

Una vez, un líder espiritual me hizo dos preguntas que permanecieron conmigo mucho después de que terminó nuestra conversación:

“¿Con qué frecuencia eres consciente de que a Dios le importan profundamente las personas a las que sirves?”
“¿Con qué frecuencia confías en que Dios es capaz de cuidar de tu vida y de tus necesidades?”

Muchas personas anhelan vivir con fe y confianza. Sin embargo, las presiones del trabajo moderno a menudo nos empujan hacia la autosuficiencia y el esfuerzo constante. La oración nos ayuda a reorientar nuestra atención y nos recuerda que Dios está presente en medio de nuestro trabajo.

Una amiga, quien mantuvo grandes responsabilidades durante muchos años, me compartió algunas prácticas que la ayudaron a mantenerse atenta a Dios a lo largo del día:

  • hacer una pausa antes de las reuniones para orar por sabiduría y moderación
  • orar por compañeros y colegas por su nombre
  • elevar breves oraciones cuando surgía el estrés
  • dar gracias cuando aparecían momentos de bondad (en un pequeño cuaderno que llevaba consigo)

Estas prácticas sencillas crean conciencia de la presencia de Dios en los momentos ordinarios.

Al final del día, ella reflexionaba usando tres preguntas:

  • ¿Dónde noté hoy la presencia de Dios?
  • ¿Dónde la pasé por alto?
  • ¿Hay algo que necesite reparar, reconciliar o soltar?

La oración suele incluir palabras, pero también incluye escucha. Los momentos de atención silenciosa nos ayudan a reconocer cómo Dios ya está obrando más allá de nuestros propios esfuerzos. Con el tiempo, esta conciencia va dando forma tanto a nuestro trabajo como a nuestro sentido de vocación.

Una práctica útil para el nuevo año puede ser terminar cada día haciéndonos una pregunta sobre la presencia de Dios. Este tipo de reflexión cultiva la confianza y profundiza la fe.

Sábado y límites
Orar, jugar y confiar

Una vez recibí una respuesta automática de un colega que decía: “En coherencia con mi convicción de que Dios puede gobernar el mundo sin mi ayuda, hoy estoy guardando el sábado”.

Ese mensaje captaba el corazón del sábado como una expresión de confianza.

En una cultura que mide nuestro valor en función de la productividad, el sábado crea espacio para el descanso, la presencia y la alegría. Afirma que los límites humanos forman parte del diseño de Dios. Elegir cuándo dejar de trabajar se convierte en una práctica espiritual que moldea nuestra comprensión del valor, la dependencia y la identidad.

Para muchas personas, el sábado puede parecer difícil de practicar. El trabajo conlleva responsabilidades reales, y hay personas que dependen de nosotros. Aun así, el sábado nos invita a reflexionar sobre dónde colocamos nuestra confianza y cuán estrechamente ligamos nuestra identidad al hecho de ser útiles.

Con el tiempo, nuestra familia aprendió a experimentar con pequeños períodos de descanso que llamábamos “mini-sábados”. Eran breves espacios marcados por la oración y el juego. A medida que esos ritmos fueron echando raíces, se convirtieron en una práctica más constante. La forma cambió con los años, pero el propósito permaneció: el sábado nos ayudó a recordar quiénes somos y quién es Dios.

La práctica del sábado será distinta para cada persona. Puede tomar la forma de una tarde reservada, un límite semanal, un descanso de la tecnología o el compromiso de dejar de revisar mensajes a cierta hora. Lo importante es elegir un ritmo que cree espacio para la presencia y la confianza.

El sábado nos plantea una pregunta sencilla para el nuevo año: ¿Confío en que Dios puede gobernar el mundo más allá de mi propia capacidad para hacerlo?

Una invitación para 2026

El comienzo de un nuevo año nos ofrece la oportunidad de vivir con mayor atención. En lugar de añadir más metas, considera tomar algunas decisiones intencionales:

  • Reserva tiempo para reflexionar sobre tu trabajo.
  • Practica una oración diaria sencilla de atención y reconocimiento.
  • Prueba el sábado (o una práctica de “mini-sábado”) y establece un límite que exprese confianza.

El trabajo moldeado por la reflexión, la oración y el descanso puede formar una vida firme y espaciosa. Cuando nuestros ritmos se alinean con la manera en que Dios cuida del mundo, la fidelidad crece con el tiempo a través de prácticas ordinarias y atentas.

El reverendo Ethan Linder es pastor de discipulado en College Wesleyan Church en Marion, Indiana, y editor colaborador en la División de Educación y Desarrollo Ministerial de La Iglesia Wesleyana.