Cada verano (y cada año electoral), la idea de la libertad cobra protagonismo. En mi comunidad, nuestros niños disfrutan reunirse en una colina para ver los fuegos artificiales del Día de la Independencia. Celebramos la libertad con parrilladas, desfiles y fuegos artificiales que estallan incluso pasada la medianoche. Pero mucho antes de que la libertad fuera un valor nacional, ya era un principio esencial del discipulado. Tanto en las Escrituras como en nuestra tradición wesleyana, la libertad nunca ha sido simplemente escapar o hacer lo que queramos.
A una iglesia joven que intentaba entender cómo administrar su libertad, Pablo escribió:
“Les hablo así, hermanos, porque ustedes han sido llamados a ser libres; pero no se valgan de esa libertad para dar rienda suelta a sus pasiones. Más bien sírvanse unos a otros con amor”. (Gálatas 5:13, NVI)
En la tradición wesleyana, ese llamado no es una contradicción, sino un recordatorio de que la libertad es una cuestión de mayordomía. ¿Finalmente, para qué sirve la libertad?
Libertad PARA los demás
“Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve”. Jesucristo nos ha dado este mandamiento: que el que ama a Dios, ame también a su hermano”. (1 Juan 4:20-21, DHH)
En Norteamérica, solemos ver la libertad como la capacidad de exigir nuestros derechos. Para los wesleyanos, la libertad es la convicción de defender los derechos de los demás.
Cuando el movimiento wesleyano comenzaba a formarse a mediados del siglo XIX, la libertad para los demás era una convicción central. Líderes como Orange Scott creían que la libertad significaba actuar por el bien del prójimo. Él escribió:
“La verdadera santidad no es estática, sino progresiva; es activa… un principio activo que busca hacer el bien y difundir la felicidad”.[1]
Esa convicción dio origen a púlpitos abolicionistas, mujeres predicando en reuniones al aire libre y pastores arriesgando sus vidas en el Ferrocarril Subterráneo. Nuestra idea de libertad no estaba completa hasta que tomó forma en la vida de los demás.
Ser verdaderamente libre significaba convertirse en un agente de libertad para el prójimo, entendiendo que la salvación no es un deporte solitario, que las iglesias no solo existen para llevar almas a un cielo espiritual, sino para vivir “en la tierra como en el cielo” en nuestras comunidades.
Libertad PARA amar a Dios y al prójimo
“En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas”. (Gálatas 5:22-23, NVI)
La libertad del pecado nos permite vivir la mejor vida posible. Si Jesús hubiera tenido una vida mejor que recomendarnos, lo habría hecho. Pero Jesús nos recuerda que cuando la libertad florece en nuestra vida, su fruto se parece al fruto del Espíritu.
Los wesleyanos creemos que el Espíritu nos libera de la culpa del pecado, del poder del pecado e incluso (a través de la entera santificación) de la naturaleza del pecado, renovando toda nuestra vida mediante el amor santificado.
Pero el propósito de la santificación no es solo alcanzar una mayor pureza moral (aunque es un objetivo valioso). La buena noticia de la santificación es que podemos ser libres para amar a Dios y al prójimo, revistiéndonos del carácter de Cristo en nuestras relaciones.
La libertad nos capacita para hacer el bien con claridad, servir sin temor y amar sin límites. No usamos la libertad para caer en la comodidad, sino para crecer a la imagen de Cristo.
Como dijo Luther Lee, una voz fundadora de nuestra tradición:
“La libertad es una herencia divina… pero la libertad se vuelve gloriosa cuando se consagra a la causa de la verdad y la justicia”.[2]
El movimiento de santidad nunca imaginó una santidad encerrada en lo privado. Llevaba agua, emitía votos, cantaba himnos en prisiones y abría púlpitos a los pobres. La santidad significaba libertad, y la libertad significaba mostrar un amor libre donde más se necesitaba.
Libertad PARA el futuro
“Les aseguro que si el grano de trigo al caer en tierra no muere, queda él solo; pero si muere, da abundante cosecha. El que ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna”. (Juan 12:24-25, DHH)
Uno de los mayores desafíos para nuestro discipulado hoy en día es la brecha entre la exhortación de Jesús a “no temer” y la actitud defensiva que a menudo surge en nuestras iglesias.
A menudo lideramos desde la preocupación: por el futuro de nuestras congregaciones, por nuestros propios derechos, por los vientos cruzados de la política y la cultura, y por cómo nuestra comunidad de fe resistirá esas tormentas. No está mal atender a esas cosas; PERO al mismo tiempo, parte de nuestra fe consiste en creer que Dios puede hacer por nosotros lo que no podemos hacer por cuenta propia.
Los wesleyanos creemos que, aunque colaboramos con Dios en el cuidado de nuestras iglesias, Cristo sigue siendo quien tiene poder para sostenerla.
Creemos que las iglesias alcanzan su mejor momento no cuando se defienden a sí mismas, sino cuando entregan sus vidas y presupuestos para que sus vecinos prosperen.
Creemos que el Cristo resucitado puede hacer con la iglesia lo mismo que hizo con los panes y los peces: bendecir lo que parece “insuficiente” y convertirlo en abundancia, porque nuestra libertad no se expresa mejor a la defensiva, sino multiplicando nuestras vidas al entregarlas con generosidad.
Este es el tipo de libertad es la que ha inspirado a los wesleyanos por generaciones. Una libertad que forma maestros que ven a cada estudiante como portadores de la imagen de Dios, capellanes que entran a las habitaciones de hospital con esperanza, y pastores que se extienden a toda vocación noble, viviendo con la convicción de que la libertad se expresa mejor con un profundo amor por Dios y el prójimo.
El Rev. Ethan Linder es pastor de discipulado en La Iglesia Wesleyana College en Marion, Indiana, y editor colaborador en la División de Educación y Desarrollo Ministerial de La Iglesia Wesleyana.
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[1] Orange Scott, “The Grounds of Secession from the M.E. Church” (Boston: D.S. King, 1848), 103.
[2] Luther Lee, “Autobiography of the Rev. Luther Lee” (New York: Phillips & Hunt, 1882), 120.
