La historia de La Iglesia Wesleyana en América Latina no es únicamente la historia del origen misionero de una denominación norteamericana que llevó el evangelio hacia el sur. Es también la historia de la iniciativa y el liderazgo locales dentro de comunidades latinoamericanas que recibieron el mensaje de santidad, lo encarnaron en sus propios contextos y, por medio de su fe, liderazgo y visión misionera, le dieron a la iglesia profundas raíces indígenas y populares en la región.
La llegada de lo que más tarde se convertiría en La Iglesia Wesleyana en América Latina no fue obra directa de la denominación constituida en 1968. Sus raíces misioneras en la región pueden se remontant a varios organismos wesleyanos de santidad anteriores que, con el tiempo, pasaron a formar parte de su herencia histórica. Una de estas raíces se remonta a 1900, cuando Willis Brand, un joven pastor de Pomona, California, leyó un folleto sobre Sudamérica titulado “El continente olvidado” y sintió un llamado divino a llevar el evangelio a esa región.
Desde entonces, Brand compartió públicamente su vocación misionera y, en 1902, durante la asamblea anual de la Iglesia de Santidad, fue comisionado como misionero a Perú. En abril de 1903 se casó con Martha Dillworth y, en septiembre, zarparon del puerto de San Francisco. Finalmente, llegaron al puerto del Callao en noviembre de 1903, marcando el comienzo de una obra misionera que con el tiempo echaría profundas raíces entre las poblaciones del norte del Perú.
Los Brand llegaron a Sudamérica en medio de un prolongado ciclo de avivamiento, y el despertar misionero que se extendió desde finales del siglo XIX inspiró a diversas iglesias vinculadas al movimiento de santidad. Entre ellas estaban la Alianza Cristiana y Misionera, que comenzó su obra en Chile, Ecuador y Venezuela entre 1895 y 1897; la Iglesia Metodista Libre, presente en la República Dominicana desde 1889; y la Iglesia del Nazareno, cuyo trabajo comenzó en 1903 entre comunidades mexicanas en Los Ángeles.
Perú no fue la única corriente misionera que con el tiempo formaría parte de la herencia histórica wesleyana en América Latina. Una segunda vertiente importante se desarrolló en Guatemala por medio de la Iglesia Cristiana de Santidad. El 23 de octubre de 1912, K. Hawley Jackson y J. M. Taylor emprendieron un viaje misionero relacionado al establecimiento de la obra centroamericana de la denominación. Ese ministerio se estableció en Guatemala y continuó en Estados Unidos a pesar de las posteriores reorganizaciones denominacionales. En 1919, tres conferencias de la Iglesia Cristiana de Santidad se unieron a la Iglesia Internacional Apostólica de Santidad, formando la Iglesia Internacional de Santidad. En octubre de 1922, la Iglesia Internacional de Santidad se unió con la Iglesia Peregrina y adoptó el nombre de Iglesia de Santidad Peregrina. A lo largo de estas transiciones organizacionales, la obra misionera en Guatemala permaneció y finalmente pasó a formar parte de la herencia histórica de La Iglesia Wesleyana.
Este movimiento misionero en desarrollo también adquirió una importante dimensión hispana y caribeña. Entre los primeros ministros hispanos dentro de esta tradición wesleyana de santidad estuvo el reverendo José R. Figueroa, un ministro cubano formado ministerialmente en Estados Unidos. En diciembre de 1919, Figueroa llegó a Jamaica como el primer misionero de la Iglesia Internacional de Santidad y comenzó su ministerio por medio de una pequeña misión en Kingston. Para enero de 1925, un directorio misionero interdenominacional de la época volvió a incluir al reverendo J. R. Figueroa en Santiago de Cuba en relación con la Iglesia Internacional de Santidad. Su ministerio transcaribeño constituye una de las primeras evidencias de que los creyentes latinoamericanos no fueron simplemente receptores de la actividad misionera norteamericana. Se estaban convirtiendo en ministros, misioneros y pioneros que cruzaban fronteras nacionales y culturales para participar activamente en la expansión del mensaje de santidad.
Una tercera vertiente se desarrolló en México. En 1920, Francisco y Nettie Soltero fueron comisionados por la Iglesia Peregrina de California, bajo el liderazgo de Seth C. Rees, para iniciar obra misionera en México. Llegaron a San Luis Potosí el 27 de enero de 1920, donde establecieron lo que se convertiría en uno de los centros más significativos del ministerio del movimiento en el país. Cuando la Iglesia Peregrina se unió con la Iglesia Internacional de Santidad en 1922, esta misión en México pasó a formar parte de la recién constituida Iglesia de Santidad Peregrina.
Durante las décadas siguientes, la Iglesia de Santidad concentró su obra en el norte del Perú, particularmente entre las poblaciones indígenas y mestizas del valle de Jequetepeque. Por su parte, la Iglesia de Santidad Peregrina se estableció inicialmente en San Luis Potosí, México, y más tarde extendió su obra a Ciudad Valles. Sin embargo, fue entre los pueblos indígenas de la Huasteca Potosina donde su ministerio experimentó su mayor despertar y logró una notable expansión.
Tanto en México como en Perú, los misioneros de Estados Unidos sembraron las primeras semillas de la iglesia. Sus estrategias iniciales incluyeron la distribución de folletos de puerta en puerta, visitar diversos pueblos e incluso establecer una pequeña clínica y la Escuela de Inglés en Chiclayo, Perú, ambas fundadas por la hermana Isabel Baker a partir de 1915.
Sin embargo, la tarea decisiva de expansión de la obra misionera se dio a través de redes locales de confianza dentro del liderazgo indígena y mestizo. La evangelización y el establecimiento de iglesias recayeron en valientes predicadores itinerantes: líderes laicos indígenas y mestizos, sin formación teológica formal y de condición económica humilde, pero impulsados por el fuego del Espíritu. Proclamaron un evangelio práctico y sencillo con profundas implicaciones éticas. Como resultado de su labor, para 1930 se habían organizado casi 10 congregaciones de santidad en el departamento peruano de Lambayeque; y para 1940, cerca de 45 iglesias y puntos de predicación en la Huasteca Potosina, México.
En la historia de la obra en México, se destaca la figura del líder indígena Alejo Castañeda. Varios meses antes de la llegada de los Soltero, ya había organizado un grupo de creyentes en un poblado de la Huasteca. La familia Castañeda desempeñó un papel decisivo en el establecimiento y la expansión de la Iglesia Peregrina en el país. A ellos se sumó un grupo de jóvenes valientes y comprometidos, entre los que se encontraban Juan López Portillo, Salvador Ponce, Jesús Aguilar y David Mascorro. De hecho, el ministerio desarrollado por los Soltero durante aquella primera década no habría sido posible sin los contactos, las redes de apoyo y la labor evangelística de los laicos indígenas y mestizos.
Un proceso similar tuvo lugar durante las primeras décadas de la Iglesia de Santidad en Perú, cuyo crecimiento también dependió en gran medida del liderazgo indígena y mestizo. Melchor Vásquez, uno de los primeros jóvenes convertidos por medio del ministerio de los misioneros Greer, junto con Santos Urrutia, asumió la responsabilidad de la obra en Chiclayo cuando los Greer regresaron a Estados Unidos. Ambos formaron un equipo ministerial dinámico que impulsó la expansión de la iglesia hacia Pomalca y Tumán.
Otro personaje destacado fue el evangelista itinerante Juan Tarrillo, considerado “el mayor evangelista de la Iglesia de Santidad”. Convertido al cristianismo en 1924, solo unos meses después ya se distinguía como un colportor incansable, un distribuidor evangelístico de literatura cristiana, cuya labor se extendió por Pacasmayo, Ferreñafe, Guadalupe, La Viña y Saltur.
En consecuencia, las raíces de La Iglesia Wesleyana actual en estas regiones latinoamericanas fueron profundamente indígenas y populares. Sus primeras congregaciones se formaron en gran medida entre familias de escasos recursos, trabajadores agrícolas, personas dedicadas a diversos oficios y comunidades a menudo situadas al margen del poder social. De esas comunidades surgieron líderes laicos cuya fe, valentía y labor evangelística dieron forma duradera a la iglesia. Su historia nos recuerda que el testimonio wesleyano en América Latina no fue simplemente plantado desde afuera; fue nutrido, ampliado y hecho propio por creyentes que se convirtieron en protagonistas de los movimientos de santidad en sus propias tierras.
Su historia sigue recordándole a La Iglesia Wesleyana de hoy que la misión de Dios se arraiga con mayor profundidad cuando se confía en los creyentes locales y se les da la oportunidad de liderarla en sus propias comunidades.
Un artículo complementario (el 21 de agosto) considerará otra dimensión esencial de esta misma historia: las mujeres cuya enseñanza, predicación, visitación pastoral, instrucción musical, servicio médico y liderazgo institucional ayudaron a consolidar las iglesias de santidad en América Latina.
El reverendo Edinson Camacho es pastor de Iglesia Nueva Generación en Duncan, Carolina del Sur, y director de REDIL (Red de Iglesias Latinas) en el norte del estado de Carolina del Sur.
*El artículo se basa en “La historia de La Iglesia Wesleyana en América Latina: 120 años expandiendo la misión”, publicado por Wesleyan Publishing House en Fishers, Indiana.
Recursos:
International Apostolic Holiness Church. “Revised List of Preachers”, 1918, en la colección “International Holiness Church” (1882–1922). Archivos de La Iglesia Wesleyana.
“Pacific Bible College”, en “Nazarene Messenger” 8, n. 11 (10 de septiembre de 1903).
Plunkett, A. Harlin. “Minutes of the Seventeenth Session of the Indiana Annual Conference of the Holiness Christian Church”. (Sullivan, Indiana, 9–12 de septiembre de 1912).
Sepúlveda, Darío Escobar y Paula Gabriela Núñez. “El establecimiento y expansión de la misión evangélica The Christian and Missionary Alliance en el sur de Chile” (1897–1905), en “Cultura y Religión”, 14, n. 2 (2020).
